Sigrún, de Rafael Novoa Blanco

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A pesar de que el propio escritor gijonés, Rafael Novoa, ya nos ha enviado en dos ocasiones relatos suyos, he estado buscando en internet y he encontrado una serie de microrrelatos escritos por él. Espero y supongo que no le molestará que los publique. Aquí va uno que se titula “Sigrún”, feliz lectura 🙂 (aunque no sea un cuento alegre)


Sigrún
Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida se convirtió en un desastre. Dilapidó con indolencia su fortuna tratando de comprar lo único que su joven amante Sigrún no vendía: el amor. Un día, su abogado, con voz trémula, le dijo que la hemorragia del patrimonio del señor había derivado en una anemia irreversible. Fue el mismo día que Sigrún, la niña de sus ojos, le dijo sin piedad: “Apártate, ya no soporto tu olor de viejo”. Semanas después, encontraron el cadáver de Albinus en una fonda miserable, colgando del techo como un péndulo, y en un bolso de su raída chaqueta un manuscrito:
“Para mi esposa
Querida Franziska, sé que lo último que esperas es esta carta; pero es que necesito contarte por qué me perdí; por qué te perdí. El motivo se llama Sigrún, un insolente pecado que se cruzó en mi camino. Cometí el error de asomarme a sus ojos zarcos y ver en ellos los cuatro puntos cardinales; porque a partir de ese momento, mi sangre, hasta entonces estancada como agua de alberca, comenzó a fluir por mis venas a velocidad de crucero. Como un vampiro, yo bebía la juventud que se derramaba por los poros de su piel; y sentía —¡viejo insensato!— que el reloj de mi cuerpo se detenía. Sí, no lo niego, quemé mi fortuna, y hubiera quemado la de mi padre y la del padre de mi padre por oír de su boca un “te quiero” que jamás dijo. ¿Crees que me importó? Me conformé con agarrar al vuelo las dádivas que a su paso dejaba caer ante mí con indulgencia: una caricia, un mohín, un desnudo a contraluz. Y yo, a cambio, viajero impenitente, quemaba las yemas de los dedos peregrinando por el mapa del mundo recamado en su piel ambarina, hurtando el Ganjes a cucharadas para mojar su frente; trepando al Annapurna para adivinar a lo lejos el declive de su ombligo; viajando al cabo de Hornos para gritar ¡Sigrún! en la esquina del mundo. No, no me he vuelto loco, mi desdichada Franziska. Sólo estoy imbuido de Sigrún, porque es beleño en mi sangre, estigma en mi plisada piel, deliciosa agonía. Tampoco pienses que en mi postrer hora hurgo en tu herida, ésa que este viejo rijoso espera esté ya cicatrizada por el flujo y reflujo de la marea de tu mente, que a buen seguro ha dado buena cuenta de mis últimas huellas dejadas en tu playa. Y ahora me voy, pues una soga me espera colgando del techo para ceñir mi cuello. Y por favor, no quiero tu compasión; prefiero tu odio, y que él sea mi mortaja. Adiós mi amor sereno, mi amor primero.”

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