Encadenados

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Conseguir direcciones de correo electrónico para enviar publicidad suele ser el auténtico motivo que se esconde tras mensajes basura que se reenvían por e-mail y que parecen tener fines altruistas o advertir de un posible desastre. ¿Por qué se extienden con tanta facilidad?


Hace poco los libros de Nostradamus entraron en las listas de los más vendidos y su nombre ha sido uno de los términos más tecleados en los buscadores, incluso por delante del omnipresente sexo. El motivo es una profecía que se extendió rápidamente a través del correo electrónico que decía: “Dos hermanos serán separados violentamente por el caos. La tercera gran guerra comenzará cuando la ciudad esté en llamas”. Este presunto vaticinio, que se atribuyó al astrólogo francés en el año 1654 muestra un claro paralelismo con los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York del pasado mes de septiembre. Sin embargo, ha resultado ser más falsa que los ojos de Espinete. Para empezar, Nostradamus ya llevaba 88 años muerto en 1654. El auténtico redactor de tan ambiguo mensaje es un estudiante canadiense que ha conseguido demostrar para su tesis lo sencillo que resulta dar crédito a este tipo de afirmaciones si se emplea una terminología vaga e imprecisa. El bulo recorrió el mundo entero en pocas horas gracias al correo electrónico. La gente reenviaba el mensaje a todos sus conocidos como algo insólito pero verídico. Incluso las agencias de prensa dieron por buena la noticia y la retransmitieron a través de teletipos cuando en realidad tan solo se trataba de un hoax, es decir, una información falsa que se difunde por e-mail.
Del correo postal al electrónico
Sin embargo, los rumores no son una novedad de la era de las telecomunicaciones como tampoco lo son los mensajes en cadena, que mucho antes de que existiera Internet daban la vuelta al mundo a través del correo postal. Es el caso de esas cartas que todos hemos recibido alguna vez en las que se insiste en no romper la cadena y enviar diez fotocopias con una peseta a otras tantas personas si no se quiere entrar en un periodo de mala suerte. “…Alejandro Alberto, de Venezuela, rompió la cadena, y un día que se fue a por tabaco, se incendió su casa con todos sus seres queridos dentro…”. Este fragmento forma parte de uno de los monólogos del Club de la Comedia interpretado por la actriz Verónica Forqué, que sigue diciendo “…mira que si la palma toda mi familia por ahorrarme diez pesetas, así que envías las cartas por si acaso”. Esa es la explicación de cómo y por qué se extienden este tipo de mentiras. Los creadores de estas bromas pesadas suelen ser personas anónimas que se valen de la ingeniería social para hacer creíbles estas leyendas. La solidaridad, la superstición o la convicción de que se está haciendo una buena acción advirtiendo a nuestros amigos de un peligro son razones con suficiente peso como para hacer caso del texto y continuar con la cadena.
¿Quién se beneficia?
Los casos en los que se habla mal de una empresa o de un famoso tienen una clara finalidad: la de menoscabar su imagen con todo lo que eso implica. Por ejemplo, afirmar que los productos de una determinada marca contienen sustancias perjudiciales para nuestra salud podría llegar a acabar con una compañía. Sin embargo, la finalidad de los hoaxes suele ser otra: conseguir direcciones de correo electrónico para hacer spam –mensajes publicitarios no solicitados–. Cuando un amigo nos envía un hoax por e-mail suele llegar con un buen número de direcciones de correo electrónico de otras personas a las que previamente les ha llegado dicho mensaje. Si continuamos la cadena, volvemos a adjuntar esas direcciones junto a la de las personas a las que les remitimos el e-mail. Pasado un tiempo, el hoax vuelve a su origen –el remitente que inventó el bulo– pero lo hace acompañado de una enorme base de datos gratuita a la que enviar publicidad –normalmente pornográfica– por correo electrónico. Además, recibir mensajes comerciales que nunca se han solicitado no es el único inconveniente. Reenviando estos falsos rumores electrónicos se contribuye a congestionar el tráfico de la Red y a saturar muchos servidores de correo. La única manera de evitar estas molestias es contradecir las indicaciones del mensaje, es decir, detener la cadena no reenviando el mensaje a nadie. Ni siquiera hay que responder al remitente, si es desconocido, indicándole que no deseamos recibir estos mensajes porque si lo hacemos, indirectamente le estamos mostrando que nuestra cuenta de correo permanece activa y la consultamos periódicamente.
Fuente: Revista Superweb

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