La Atlántida. Segunda Entrega

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Cuenta la leyenda de Hércules que éste, o si se prefiere el ejército próximo-oriental, llevó a cabo dos expediciones contra el extremo Occidente, que constituyeron verdaderos saqueos.
El objeto no fue otro, sino el de poder conseguir productos que faltaban en Oriente. La primera vez fue ganado, y la segunda productos agrícolas.


Según la leyenda, frente a España había una isla, en el océano Atlántico: la isla de Hesperia, en la que reinaba el gigante Gerión (de nuevo nos encontramos con un gigante). Y criaba bueyes rojos, de los que tenía una magnífica manada, custodiada por otro gigante.
Uno de los trabajos encomendados a Hércules consistió en robar los bueyes de Hesperia.
Para llegar a ella, parece ser que Hércules siguió un pequeño desfiladero paralelo al de Varcarlos,… donde se encuentra un torreón muy antiguo, que según todos los indicios, data de los tiempos neolíticos. Lleva el nombre de Fuerte Urucles..
Desde allí alcanzaría el litoral atlántico de la Península Ibérica, probablemente hacia el sur, en la región de Cádiz, cerca del lugar donde posteriormente florecería la colonia fenicia de Tartesos.
Como Hércules no era marino, ni tenía naves, intimó al Sol a que le cediera la barca que lo transportaba, a través del océano y la noche, hasta Occidente. Habiéndose negado a ello el Sol, el héroe tendió su arco y lo amenazó con dispararle una flecha, lo que le hizo capitular. Entonces Hércules pudo embarcarse en el esquife solar.
Sin forzar demasiado la leyenda, puede creerse que pediría prestada la nave, con la dotación necesaria, a alguna tribu de la costa más o menos adoradora del sol y habituada a orientarse según el recorrido de éste, es decir, hacia el oeste… Barca pedida a préstamo, desde luego, bajo amenaza,….
Sea como fuere, el héroe quedaría, al parecer, trastornado por las olas atlánticas. Es de suponer que se mareó, cosa natural para un hombre o un ejército, pero harto sorprendente para un semidiós.
Llegado a la isla, Hércules dio muerte a los gigantes custodios y se volvió con sus bueyes rojos, que codujo hasta Escitia.
Después del ganado, los productos agrícolas, en relación con los cuales emprendió la expedición al Jardín de las Hespérides.
Este jardín se hallaba ubicado, en los alrededores de la ciudad de Larache o algo más allá. Cuando se viene de Tánger, esta plaza se encuentra frente a la antigua Lixus, aunque separada de ella por un ensanchamiento del río Lukos, que forma un estrecho, hoy bastante reducido, pero que debió ser muy extenso y que aísla prácticamente toda una parte de la costa Oeste. Debía alcanzar hasta la actual Alcazarquivir.
Para ir a aquella franja Oeste del litoral era forzoso cruzar la marisma o embarcarse; pero Hércules carecía de marina y la marina debía estar plagada de reptiles acuáticos y saurios particularmente peligrosos… Y como es natural, hubo de combatirlos.
Sin embargo, no es lo que dice la leyenda, sino que, para llegar al Jardín, Hércules hubo de luchar contra el dragón Ladón, hijo de Equidna, dragón de múltiples cabezas que guardaba la entrada a las Hespérides.
Y la leyenda sigue concordando aquí con la toponimia.
Las Hespérides, como su nombre indica son las hijas del Poniente, las hijas del extremo Oeste. Son hijas de Atlas, que es, a la vez una montaña y un rey atlante. No sería forzar la leyenda ver en ellas a una epónimas de tribus atlantianas. Después de todo, los bereberes son considerados aún como “hijos de Atlas”.
Son tres: la Negra, la Rojiza y la Blanca. Lógicamente, puede pensarse que se trata del color de su piel, y que la custodia del misterioso y real jardín fue confiada por igual a las tres razas que personifican.
Este hecho puede ser tanto menos descartado, cuanto que encontraremos los tres citados colores de piel, así como las tres razas.
El Jardín de las Hespérides tenia la particularidad de que los árboles daban frutos especiales: manzanas de oro. Se consideraba que eran tres y que eran un talismán que podía abrir el Olimpo, y si no hacer al hombre semejante a los dioses, por lo menos, permitirle acercarse a ellos.
Por tanto se trataba de frutos de iniciación.
No puede descartarse el simbolismo de aquellas tres manzanas, que hace de ella los tres estados alquímicos de la materia negra de la que han salido las dos piedras con el Blanco y el Rojo.
Esto se relaciona también con el simbolismo particular de la manzana, que es tradicionalmente, en el Génesis, el fruto del árbol de la ciencia del Bien y del Mal; el fruto de Apolo; el premio a la belleza ofrecido a las tres diosas por el pastor Paris y el fruto de la isla afortunada de Avalón, la isla celtica a la que van las almas de los sabios después de la muerte.
Es sorprendente, pues el constante significado de “saber” atribuido a la manzana, que los antiguos escultores ponían gustosamente en la mano de los iniciados.
Es necesario que ese persistente nexo entre dicho fruto y la idea de “saber” proceda de muy lejos… Y no se ha de olvidarr que cada vez más lo antiguos empleaban la voz ORO fuera de su acepción metálica material, querían designar ya un objeto de iniciación, ya una idea o una correspondencia generadora de perfección. Así por ejemplo, el Número de Oro, el Toisón de Oro, la Rodilla de Oro, los Versos de Oro…
En consecuencia, el Jardín de la Hespérides, presenta dos significados: el de “jardín cultivado” y el de “lugar sagrado”.
Quien dice jardín, dice cultivo, y aquel pregriego de Hércules que lo ignoraba todo con respecto al cultivo, pudo muy bien pensar en robar aquel secreto saqueando el jardín, lo mismo que se procuró ganado con las vacas de Gerión… Y después de todo, nosotros vivimos actualmente sólo porque hubo iniciados del cultivo que transmitieron una tradición de este arte…
Sea como fuere, se trata por tanto para Hércules y sus bárbaros compañeros, de apropiarse de un instrumento de conocimiento, real o alegórico, un instrumento de civilización.
Así se explicarían la expedición y el empeño puesto en apoderarse de aquellos frutos y, salvadas todas las distancias, se asemejarían mucho al tesón puesto en los tiempos modernos por las naciones de adueñarse de los secretos científicos que puede condicionar el devenir de los pueblos.
Hay que admitir, pues, que los neolíticos orientales creían en la existencia, en el extremo occidental de Europa y África, y más especialmente en el punto de unión, de una civilización superior a la suya, lo cual va en contra de los datos admitidos generalmente. Una civilización que conoce ya el cultivo y la ganadería, así como la navegación, cosas todas ignoradas por Hércules y por el cercano Oriente.
Sería por lo menos sorprendente, si se tratara de una simple fábula griega, que los autóctonos, en este caso los bereberes de la Tingitana, hubieran conservado y transmitido a los conquistadores romanos el recuerdo de los parajes en que Hércules instaló su campamento; en que Anteo cayó y fue sepultado y en el que se encontraba el Jardín de las Hespérides. Y no menos sorprendente que coincidiera, como coincide, de forma tan precisa con los datos de un cuento inventado íntegramente por personas que lo ignoraban todo acerca de la región.
Por otra parte, desde tiempo inmemorial, ha existido entre los pueblos la convicción de que este lugar de Marruecos era singularmente sagrado. Ni siquiera los romanos pudieron sustraerse a ese sentimiento, pues llamaron Fretum al estrecho y lo consideraron un paraje santo. Los árabes denominaron a esta parte de África el “Moghreb el-Aksa” el Moghreb feliz,…
Pero este Marruecos, cuya parte alta montañosa lleva el nombre de uno de los reyes de la mítica Atlántida, y el nombre de uno de cuyos hijos, Anteo, se encuentra tanto en la cercana Andalucía como en las Antillas y en los Andes, así como en otras partes; este Marruecos, cuyos habitantes se llamaban talantes cinco siglos antes de Jesucristo, ¿no habría sido una “posición de repliegue” o la última colonia de estos moradores de la Atlántida, de la cual existía aún una isla en tiempo de Hércules?
Gerión el gigante de la isla de Hesperia, y los guardianes gigantes de su grey, ¿no eran los hermanos del gigante Anteo, que guardaba el desfiladero del Jardín de las “Hijas del Poniente”?
Y el cataclismo provocado por Hércules al abrir el estrecho de Gibraltar, ¿no corresponde a la desaparición de la isla de Atlántida, cuyos habitantes eran, como los atlantes del Atlas, agricultores, ganaderos, marinos y arquitectos?
Tal vez sea interesante, a este respecto, recordar la historia de los pueblos de Oriente y Occidente tal como la relata la mitología griega.
Cuando el dios griego Cronos, el anciano padre, tuvo hijos, los devoró.
Cuando su compañera Gea, la vieja Tierra, creyó oportuno remplazar a sus hijos recién nacidos por piedras, Cronos devoró las piedras, con lo que quedaron con vida Zeus, Poseidón y Carón.
No cabe expresar más poéticamente que el tiempo devoró los recuerdos de los primeros hombres, pero que, para quienes nacieron después, subsistió el recuerdo; sólo las piedras, es decir, las obras, fueron absorbidas.
Así se conservaron en la memoria de los hombres Zeus, que recibió el dominio de la Tierra; Poseidón, que recibió el de los mares, y Carón, el de los infiernos, o sea, una nación continental, otra marítima y una tercera subterránea.
Abandonemos a la nación subterránea, pese a los trogloditas y los legendarios gnomos,…
Zeus tuvo descendiente, lo mismo que Poseidón.
Heracles fue hijo de Zeus, y Anteo de Poseidón.
El reino de Zeus y de sus hijos estaba emplazado en torno al Atlántico; el de Poseidón era una isla en medio del Atlántico.
La guerra de los hijos de Zeus contra los de Poseidón fue narrada por Platón de acuerdo con el relato del sacerdote de Sais al sabio Solón, del que conservamos sólo una parte, aunque suficiente para arrojar un tenue resplandor sobre uno de los más extraordinarios misterios de la Historia: el de la Atlántida.
Continuará…….
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