Victoria para el planeta: cierra la papelera del lago Baikal

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[Soitu] Los amigos del medio ambiente están de parabienes: se acaba de anunciar la clausura de la fábrica de pasta celulosa que contaminaba el lago Baikal. Lugareños y activistas llevaban décadas reclamando el fin de los vertidos, y finalmente un portavoz de la empresa dio a conocer el cese definitivo de sus actividades, aduciendo el alto costo de los procesos depuradores y la crisis económica mundial.


¿Tanto importa lo que suceda en ese lago situado allá donde Mahoma perdió las babuchas? Pues sí, importa mucho si tenemos en cuenta que en él se encuentra el 20% del agua dulce del planeta, junto con una riqueza faunística integrada por más de 2.000 especies endémicas, un activo biológico que le ha merecido el apodo de “Galápagos rusos”.
El lago de 25 millones de años de antigüedad, ubicado en el corazón de Asia, ha sido objeto de agresiones ecológicas, siendo la principal la causada por la firma Baikalsk Pulp & Paper Mill, que desde 1966 venía blanqueando papel con cloro y descargando las aguas residuales en sus costas. Este problema al menos ha desaparecido; aunque cabe decir que por ello se pagará un alto precio en términos laborales: los 1.400 puestos de trabajo eliminados por decisión de la planta de celulosa.
Greenpeace Rusia ha calificado el anuncio de “momento histórico”. La noticia constituye un logro especialmente significativo para Marina Rikhvanova, la dirigente de Baikal Environmental Wave, la organización consagrada a la defensa del ecosistema lacustre.
La lucha por salvar al Baikal se remonta a los años sesenta, cuando brotaron las primeras protestas. Las acciones ganaron continuidad durante la Perestroika de Mijail Gorbachov, cuando la represión se suavizó y las personas interesadas en el entorno pudieron expresarse públicamente. Desde entonces, se transformó en una bandera del joven movimiento ambientalista ruso.
La Rikhvanova, una bióloga de 46 años que ha dedicado su vida a salvar el lago siberiano, inició su cruzada en los años noventa, tras percatarse de la poca estima que mostraban las autoridades por la salud de la enorme reserva de agua dulce. Acto seguido, convirtió su club de estudio de inglés en un círculo ecologista y con ello se ganó el acoso de la policía política rusa, FSB. El año pasado su hijo fue arrestado y uno de sus compañeros asesinado en un ataque a su campamento organizado por nacionalistas de extrema derecha.
En abril pasado, la ambientalista consiguió que la compañía Transfet desistiera del tendido de un oleoducto cerca del lago, la primera gran victoria para el ambientalismo ruso. “Si uno se opone a Transneft u a otra compañía estatal, puede contar con que atraerá la atención de los servicios de seguridad del Estado”, advirtió en esa ocasión Roman Vazhenkov, de Greenpeace Rusia.
Muy probablemente, la persecución sufrida por la Rikhavanova influyó en la decisión de otorgarle este año el Goldman Environmental Prize, uno de los más cotizados galardones concebidos para personas de a pie que hayan protagonizado acciones en defensa del medio ambiente.
Los ecologistas rusos se han echado a los hombros una pesada doble tarea: luchar contra el legado tóxico dejado por la industrialización desaprensiva de los tiempos soviéticos, y poner coto a la industrialización desenfrenada promovida por el capitalismo salvaje que se ha apoderado de la antigua economía socialista. Una batalla que, por cierto, libran en una atmósfera política cada vez más opresiva.
Nova enviada por Luilhi

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