Últimos recuerdos del ferrocarril pontés

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Cristina Arias (El Progreso – Suplemento: Terra Chá)
Guillermo Sánchez trabajó más de 30 años como maquinista del tren que transportaba el carbón en la mina, cuando era de Calvo Sotelo.
Es la memoria viva de un época de la que ya no queda apenas ni un rastro, sólo fotografías antiguas, y pocas voces para contarla.
Guarda cajas llenas de fotografías antiguas, algunas de las cuales miran desde la pared de su casa y recuerdan al visitante que en As Pontes hace décadas existió un ferrocarril, aunque no llegó para quedarse ni para hacer grandes recorridos. De él, apenas hoy quedan recuerdos.
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Guillermo Sánchez Fraga es uno de los últimos maquinistas de aquellas viejas locomotoras que se dedicaron durante años a transportar toneladas y toneladas de carbón en sus vagones en la mina, que en aquella época pertenecía a la Empresa Nacional Calvo Sotelo (Encaso), que fue comprada por Endesa años más tarde, en 1972.
«Compañeros quedan muy pocos. Sólo Sabelo, que está en Pontedeume, y Cazás, que vive en Saa, pero está muy mayor», dice, ante la sorpresa de sentirse responsable de que su voz sea la encargada de transmitir el pasado.
Desde la humildad del que siente que no hizo nada fuera de lo común, simplemente un trabajo que la modernidad, y en este caso las cintas transportadoras, dejó en el olvido, Guillermo pone en marcha su memoria, que viaja a finales de los 40, cuando, con 20 años, entró en Encaso para trabajar en el ferrocarril del carbón.
«Al principio entré de pinche, pero tuve que ir para casa porque se casó un hermano. Pero volví cuando tenía que hacer el servicio militar y ya me quedé hasta que me jubilé», relata. Pero no se jubiló en el tren, que desapareció mucho antes, pocos años después de que Endesa cogiera las riendas de la mina pontesa y lo reubicara en una «situación impecable»; en una cabina en lo alto para controlar las nuevas cintas.
«La primera vía que hubo era de 60 centímetros y por ella iban vagonetas, que le llamaban los tractores», comienza. «No resistían el viaje y muchas descarrilaban», continúa. «Después llegaron las locomotoras, con la vía ancha, la de un metro, y por ella pasaron tres máquinas distintas», que iban mejorando a las pasadas.
El recorrido por la mina era de seis kilómetros aproximadamente, que se realizaban en unos 20 minutos, si no había ningún percance, algo que era raro.
«Dependía de la época. Cuando más carbón se gastaba era en verano, porque no funcionaban las hidráulicas, pero en invierno había más problemas por el agua y los trenes descarrilaban, llenos o vacíos», dice.
«Cuando los vagones estaban llenos los basculábamos en la vía porque, si no, no habia forma de volver a colocarlos. Había que hacer mucha fuerza. Sólo teníamos gatos de manivela y a veces rompían porque se hacían pequeños», relata. Después, estaban las pendientes. «Algunas eran de profundidad tremenda y había areneros que echaban arena en la vía para que no patinaran las ruedas», recuerda, mientras asegura que, pese a todo, nunca tuvo miedo.
Todos sus recuerdos, son «muy buenos», dejando a un lado el frío y el ruido ensordecedor de los primeros tiempos. «Había mucho compañerismo. Nos cambiábamos turnos entre nosotros y nos ayudábamos mucho», dice. «La vía es como una carretera. Tenía baches y te echaba fuera. Había que conocerlas muy bien». Él dice, conoció la vía y la mina como la propia palma de su mano.
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