Negro carbón

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Estamos ante una nueva huida hacia adelante, una especie de plan E del carbón tan inútil como anacrónico
[ABC] Una de las más recurrentes obsesiones de Zapatero son sus intentos periódicos por sostener a ultranza la producción de carbón en la cornisa cantábrica. Servidumbre electoral o querencia por su origen leonés, el caso es que lejos de afrontar una inevitable reconversión de un sector esclerótico en permanente déficit, pelea ahora con Bruselas para poder obligar a las empresas eléctricas a asumir un volumen de combustible español para la producción de energía superior al 15% del total empleado. El objetivo más cacareado es, desde luego, defender la producción energética de un país tan deficitario en combustibles como España, pero el gobierno se queda deliberadamente en la epidermis del asunto, sin confesar que teme más que a nada la generación de un conflicto laboral de proporciones gigantescas en el debilitado sector minero, un sector tradicionalmente «suyo».
Lejos quedan las supuestas preocupaciones de Miguel Sebastián y el propio Zapatero por el medioambiente y la reducción de emisiones de gases contaminantes en España. Tampoco parece importar que la quema de un carbón de bajo potencial calórico y nula competitividad con respecto al importado, repercutirá en el recibo de la luz de todos los ciudadanos.


En Galicia el panorama pinta muy sombrío para nuestras térmicas, tanto Meirama como As Pontes se han adaptado lo mejor posible a los nuevos tiempos, modificando sus ciclos productivos hacia el gas y el carbón de alto poder calórico que se importa a través del puerto de Ferrol. Si ahora se les obliga por decreto a quemar el carbón que ya nadie quiere en Europa, verán peligrar miles de puestos de trabajo.
Estamos, en fin, ante una nueva huida hacia adelante, una especie de nefasto plan E del carbón tan inútil como anacrónico. Sólo con echar un vistazo al contexto europeo caemos en la cuenta del disparate que supone mantener al viejo enfermo, alma de la Revolución Industrial, a base de talonario y subvención. En Holanda decidieron cerrar sus minas en 1974, Bélgica hizo lo mismo a finales de los años noventa, por la misma época, Alemania decidió reducir su producción en un 40%, la última mina portuguesa se cerró en 1996 y ya no hará falta recordar aquí el durísimo proceso de reconversión que sufrió la otrora gloriosa minería del Reino Unido. En fin, es un lugar común, los tiempos del carbón han pasado excepto para nuestro hombre en la Moncloa, ya ni siquiera extraña que así sea.

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