Con los que pisaron el fondo

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[La Voz de Galicia] Marisol Souto es, probablemente, una de las personas que más saben sobre el lwago. Prejubilada de Endesa, hija y nieta de mineros («mi abuelo dejó el trabajo para que pudiera entrar mi padre»), ha asistido desde el minuto cero a todo el proceso. No solo eso. Como el estanquero de Brooklyn en Smoke, dispara fotos y fotos, casi a diario, del fascinante lago que ha brotado allí, como un milagro. Dice que tiene más de medio millón. Un tesoro: «A veces es gris; otras azul, otras turquesa, depende de la luz, pero el color es más bonito allí donde está sellado». Marisol se refiere a las partes que fueron protegidas con arcillas blancas para evitar que subiera la acidez del agua.
Avelino Lago también está prejubilado. Es otro de los que, en algún momento, pisó el fondo del lago cuando era un paisaje lunar atravesado por las formidables orugas que extraían el carbón: «A veces lo pienso y me pregunto cómo será ahora ese fondo». Paseando por el entorno del lago, Avelino y Marisol recuerdan la génesis de todo: «Yo entré a trabajar aquí en 1982 y ya entonces se hablaba de la posibilidad de un lago», evoca él. «Sí -añade Marisol-, pero no fue hasta el 2004 cuando se presentó el vídeo y el proyecto completo». La mina ya tenía fecha de cierre, el carbón se acababa y el gran lago caminaba hacia su indefectible nacimiento.


Avelino es pescador. Cree que sí, que pronto podrá pescar en el lago. El caudal que se ha ido transmitiendo hacia el hueco impedía el pase de especies, pero ha sido inevitable que se colaran huevos, larvas, pequeños peces que ya han iniciado la creación del ecosistema del lago. Hay patos, gaviotas y otras aves que sobrevuelan la superficie en busca de alimento. En realidad existen pocos espacios en Galicia de tan rica biodiversidad como el lago y la escombrera de As Pontes. Mimada y protegida de la caza durante años, la zona se ha ido convirtiendo en un vergel seguro en el que se han instalado todo tipo de especies durante los últimos años.
La escombrera define un extremo del lago, y la central, otro. «No nos estorba. Este pueblo es lo que es gracias a Endesa», apunta Avelino. La actividad de la mina y la central térmica no solo ha modificado la geografía comarcal; también su estructura social. Marisol habla de un compañero que comenta que le tocó la lotería cuando entró en la empresa y cuando se entregaron las ayudas que permitieron las prejubilaciones: «Dice que le tocó dos veces y a plazos, para no atragantarse».
Aquellos sueldos
Son muchos los prejubilados que se mueven por las calles de As Pontes, una villa atacada como todas por la crisis, pero donde la masa salarial mantiene unos niveles muy dignos: «Aquí se pagaba hasta el 70 % de la educación universitaria de los empleados y de sus hijos», recuerda Marisol, que se licenció en Geografía e Historia mientras trabajaba en la mina: «Y llegamos a tener el índice más alto de universitarios por habitante». Lamentablemente, toda esa fuerza de trabajo tan bien cualificado se fue del pueblo a buscar mejores horizontes. También aquellos sueldos de escándalo que pagaban las empresas auxiliares. Pero al menos han quedado los trabajadores que vieron como se clausuraba la mina y, en su lugar, llegaban días de ocio mientras el hueco se iba llenando de agua.
Marisol y Avelino especulan con el futuro del lago, con sus posibilidades y con el momento tal vez poco propicio para construir un complejo de ocio: «No sabemos lo que se hará, pero aunque solo quedara para disfrute del pueblo, ya estaría bien», concluye Avelino junto a las formidables máquinas que flanquean uno de los extremos del lago, el más próximo a la central. Ante la salida de un rayo de sol, Marisol cede a la tentación de sacar su cámara del bolso y tomar alguna foto más. El lago es ya parte de su vida. Y de la de muchos otros ponteses.
-Habrá quien dispondrá que se esparzan aquí sus cenizas cuando muera.
Y Marisol deja la cámara: «Yo ya lo tengo firmado»

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